UNA JOVEN NOVIA CAMBIA LAS SÁBANAS TODOS LOS DÍAS — Hasta el día en que su suegra entra en la habitación y encuentra SANGRE en el colchón.

Tres meses después, en el silencio previo al amanecer, Paulo se escabulló. No hubo truenos ni dramas, solo una suave exhalación, un alivio. Mira estaba a su lado, sus dedos entrelazados con los suyos, susurrando "Te amo" una y otra vez, como si esas palabras pudieran iluminar el camino. Su rostro se calmó, una leve sonrisa asomó a sus labios, como si finalmente hubiera llegado a una orilla donde el dolor no pudiera seguir.

Después del funeral, Mira no hizo la maleta. No regresó a casa de sus padres. No buscó una nueva vida en un lugar lejano. Se quedó... conmigo. Empezamos a regentar nuestro pequeño puesto de comida juntos, codo con codo detrás del mostrador. Aprendió a qué clientes habituales les gustaba el chili extra, qué tíos preferían el arroz un poco crujiente de la olla, qué niños sonreirían si les añadías un poco más de lumpia. Por las noches nos sentábamos en el escalón, dejando que el día se exhalara a nuestro alrededor.

Han pasado dos años. La gente todavía pregunta, curiosa y amablemente: "¿Por qué Mira sigue viviendo contigo?". Yo solo sonrío. Algunos lazos se escriben en papel; otros se escriben con sangre, con sudor, en noches de insomnio y sábanas dobladas.
«No solo fue la esposa de mi hijo», digo. «También se convirtió en mi hija. Este siempre será su hogar».