Camila sonrió, su expresión intacta.
—Yo también, papá —dije con una voz que no delataba nada.
No era el momento de romperle el corazón al hombre que más la había querido. Todavía no.
La ceremonia se desarrolló como una obra de teatro que Camila ya se sabía de memoria. Las palabras del oficiante sonaban irónicas: compromiso, verdad, respeto. Rafael respondió a los votos con una confianza impecable, como quien firma un contrato. Era un buen actor. Demasiado bueno.
Cuando llegó el turno de Camila, se hizo un silencio emotivo. Habló con cuidado:
Prometo caminar contigo… con honestidad. Prometo elegir lo correcto… incluso cuando sea difícil.
No mintió. Simplemente dejó las frases abiertas, listas para asumir un significado diferente cuando llegara el momento.
Mientras intercambiaban anillos, Camila sintió el peso del gesto. No era para siempre. Era una llave. Y ella estaba tomando nota de quién quería usarla.
Tras el beso de rigor, estallaron los aplausos. Pétalos blancos, celulares en alto, felicitaciones. « ¡Qué pareja tan perfecta! », repetían.
Durante las fotos, Rafael se inclinó y le susurró satisfecho:
“Todo va mejor de lo que imaginaba”.
Camila asintió.
“Sí”, respondió ella. “Mucho mejor.”
Y por primera vez desde que lo había escuchado entre las palmeras, eso no era mentira
En la recepción, bajo una carpa transparente, Camila se movía entre tíos, socios y amigos con una precisión casi quirúrgica. Reía, brindaba y expresaba su gratitud. Mientras tanto, observaba a Rafael desde la distancia: no celebraba, sino que inspeccionaba. Se acercó a los ejecutivos de su padre, les hizo demasiadas preguntas, analizó rutas, márgenes, posibilidades de expansión.
Y Camila notó algo más: Rafael no solo era ambicioso… tenía prisa. La prisa de alguien acorralado.
Esa noche, cuando el jardín se llenó de música y la gente bailaba despreocupada, Camila tomó su decisión final.
No lo confrontaría todavía. Primero, lo entendería todo: deudas, mentiras, emergencias, cómplices. Si Rafael creía haberse casado con una mujer ingenua, Camila permitiría esa ilusión porque, a veces, el mejor momento para actuar es cuando la otra persona está convencida de que ya ha ganado.
A la mañana siguiente, la mansión dormía en un silencio artificial. Camila se levantó antes del amanecer y buscó a la única persona en quien confiaba plenamente: su hermana menor, Marina Acevedo, estudiante de derecho, observadora y perspicaz.
En la cocina, lejos de oídos curiosos, Camila le contó lo esencial. Sin lágrimas ni dramas. Solo hechos.
Marina no se sorprendió y frunció el ceño como si confirmara algo que ya olía mal.
“También sentí que algo no cuadraba”, admitió. “Hace demasiadas preguntas. Nunca habla abiertamente de su pasado. Y siempre evita los detalles cuando se trata de su trabajo”.
Ese mismo día, Marina activó sus contactos: compañeros de prácticas, bases de datos públicas, registros mercantiles. Lo que encontró fue peor de lo que Camila había imaginado.