—Yo...
—No. Lo que quieres es dinero para tus últimos días. Pero ¿sabes qué? Los últimos días se ganan con los primeros días, y tú no estuviste en ninguno de los míos.
Finalmente cerré la puerta. Me quedé recargada contra ella, escuchando sus pasos alejarse lentamente.
A través de la ventana lo vi subirse a un taxi destartalado. Cuando desapareció de mi vista, me permití llorar. No por él, sino por la niña que fui, que finalmente había encontrado las palabras que siempre quiso decirle.