Estaba perdido, Carmen. Tenía problemas con la bebida, no tenía trabajo estable...
—Excusas. —Crucé los brazos—. ¿Qué quieres de mí ahora?
—Necesito ayuda. Los médicos dicen que tengo pocos meses. No tengo dinero para los tratamientos, ni para un lugar donde vivir decentemente. Pensé que tal vez ustedes, mis hijas...
La incredulidad me golpeó como una bofetada.
—¿En serio? ¿Vienes aquí después de treinta y cinco años a pedirme dinero?
—Es manutención. Tengo derecho...
—¿DERECHO? —Mi voz se quebró entre la furia y la tristeza—. ¿Tienes derecho? ¿Dónde estaba tu derecho cuando necesitábamos zapatos para el colegio? ¿Cuando mamá trabajaba doble turno para pagarnos la universidad? ¿Cuando Lucia se enfermó y tuvimos que vender todo para pagar el hospital?