Carmen, por favor. —Su mano se interpuso—. Sé que tienes razones para odiarme, pero necesito hablar contigo. Estoy enfermo y...
—¿Y qué? —La rabia que creía controlada comenzó a hervir en mi pecho—. ¿Ahora que estás enfermo te acuerdas de que tienes hijas?
—Hijas. Sí, ustedes tres. He estado buscándolas.
—¿Buscándonos? —Me reí con amargura—. Vivimos en la misma ciudad toda la vida. Mi madre nunca se cambió de dirección por si acaso tú... —Me detuve. No iba a darle la satisfacción de saber cuánto lo esperamos.
—Tu madre nunca quiso que las conociera.
—¡Mentira! —La palabra salió como un grito—. Mamá te esperó años. AÑOS. Lloraba cada Día del Padre preguntándose por qué no venías a vernos. Yo tenía siete años cuando dejé de preguntar por ti.
El viejo bajó la mirada. Pude ver las manchas de edad en su frente, la piel arrugada de alguien que había vivido más de lo que merecía.