El timbre sonó a las tres de la tarde de un martes cualquiera. Dejé la taza de café sobre la mesa y fui a abrir, esperando al repartidor de paquetes. Pero en el umbral de mi puerta había un hombre mayor, encorvado, con una barba gris descuidada y ojos que me resultaron extrañamente familiares.
—¿Eres Carmen Vásquez? —preguntó con voz ronca.
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarlo?
Se quitó una gorra gastada y la apretó entre sus manos temblorosas.
—Soy tu padre.
Las palabras cayeron como piedras en agua quieta. Me quedé inmóvil, procesando lo que acababa de escuchar. Treinta y cinco años de vida sin conocer a este hombre, y ahora aparecía en mi puerta como si nada.
—Mi padre está muerto —respondí secamente, comenzando a cerrar la puerta.