Lo que nos confundió aún más fue darnos cuenta de que otras casas del barrio tenían lo mismo.
La curiosidad me venció, así que le pregunté a una vecina.
Sonrió y me explicó: «Se llaman árboles botella. Han existido por generaciones. Algunos dicen que sirven para atrapar la mala suerte, otros los ven como un símbolo de esperanza. Para muchos de nosotros, es una forma de recordar a los seres queridos».
De repente, las botellas ya no nos parecían tan extrañas.
Se convirtieron en un recordatorio de que incluso en lugares nuevos, las tradiciones pueden tener historias y significado.
Ahora, cuando el sol brilla a través del cristal azul, proyectando suaves dibujos en el suelo, me siento agradecida.
Lo que antes me parecía inquietante ahora es un silencioso recordatorio de que cada barrio tiene su propia historia, y a veces, las cosas que nos confunden al principio son precisamente las que hacen que un lugar se sienta como un hogar.
Y ahora, en lugar de querer quitar las botellas, mis hijos y yo estamos hablando de agregar las nuestras, para que un día ellos también recuerden esta casa no solo como un lugar donde vivimos, sino como un lugar donde aprendimos que la belleza a menudo se esconde en lo inesperado.