La enfermera que se convirtió en la luz que no sabía que necesitaba
La noche que nació mi hijo, estuve más cerca de la muerte que en ningún otro momento de mi vida.
El parto fue brutal, la recuperación peor, y durante diez largos días estuve en una cama de hospital, dolorida, aterrorizada y completamente sola. Mi familia vivía a horas de distancia, mi esposo estaba varado en el extranjero por trabajo, y me sentía abandonada de una manera mucho más profunda que el dolor físico.
Pero cada noche, cuando los pasillos se quedaban en silencio y las luces fluorescentes se atenuaban, un suave golpe a mi puerta sonaba.
Una enfermera entraba sigilosamente: pasos suaves, ojos cálidos, esa sonrisa serena que me hacía creer que podía respirar de nuevo. Se sentaba a mi lado, a veces hablándome, a veces simplemente haciéndome compañía mientras lloraba sin querer.
Siempre traía noticias sobre mi bebé en la UCIN.
Pequeñas victorias.
Pequeños pasos.
Ver continuación en la página siguiente.