Admitió que les había dado lo que podía permitirse: arroz barato teñido de amarillo para que se sintiera "especial".
"Si parece oro", dijo en voz baja, "les da esperanza".
Alejandro miró los tazones como si fueran una confesión tallada en porcelana. Esta comida "pobre" había mantenido a sus hijos con vida.
Se oyó una vocecita: un niño empujando su plato hacia Alejandro:
"Señor... ¿quiere un poco? Elena pone polvos mágicos. Son buenos".
Y Alejandro, que lo tenía todo, comió del plato de su hijo con manos temblorosas.
EL VERDADERO VILLANO ENTRA
El momento de frágil paz se rompió con el rugido de un coche afuera. Tacones resonaron rápidamente sobre el mármol. Elena palideció. Los niños se pusieron rígidos.
Uno susurró, tembloroso: "Es ella".
Una voz aguda resonó desde el pasillo: "¡Alejandro!".
Doña Bernarda, la madre de Alejandro, apareció con ropa de diseñador y joyas. Se detuvo al ver la escena: Elena, el arroz amarillo, Alejandro con una cuchara y cuatro niños idénticos.
Su rostro no reflejaba sorpresa.
Mostraba culpa y terror.
Tartamudeó: «No… no puede ser… Me aseguré de…»
La voz de Alejandro se tornó letal y serena:
«¿Te aseguraste de qué, madre?»
LA VERDAD Y LA GUERRA
En ese momento, Alejandro comprendió: las «muertes», los ataúdes cerrados, el papeleo; Bernarda lo tenía todo bajo control.
La confrontó, y su máscara se quebró. Intentó afirmar que Elena era una criminal y que los niños no eran «nadie», pero su propio miedo la traicionó.
La situación se convirtió en caos —gritos, amenazas, pánico— hasta que seguridad sacó a Bernarda de la casa. Alejandro ordenó: «Sáquenla».
Adentro, los niños temblaban. Elena los abrazó. Alejandro se arrodilló junto a ellos y prometió, con la voz quebrada:
«Nadie les volverá a hacer daño. Nadie». UN NUEVO HOGAR DENTRO DE LA MISMA CASA
Alejandro tomó una decisión al instante: los chicos se mudarían al ala principal, las habitaciones que había preparado hacía años y nunca había usado.
Ordenó baños calientes, ropa limpia y comida de verdad. Elena guió el proceso como si ya conociera los miedos y necesidades de los chicos.
Más tarde, cuando un chico intentó esconder comida "para después", Alejandro se agachó a su altura y les dijo con firmeza:
"Nunca más tendrás que esconder comida. Nunca".
Entonces se volvió hacia Elena y le dijo las palabras que le cambiaron la vida:
"Siéntate con nosotros".
Elena intentó negarse —reglas, estatus, hábito— hasta que Alejandro la interrumpió:
"Esas reglas se las quedo mi madre".
Y luego: "Eres familia".
EL CONTRAATAQUE
A la mañana siguiente, sonó el intercomunicador. Los de seguridad parecían presas del pánico:
"Señor... la policía está en la puerta. Los trabajadores sociales también. Tienen una orden judicial".
Una denuncia falsa: secuestro, condiciones inseguras. Bernarda había contraatacado.
Alejandro se adelantó como un muro y le dijo a Elena: «No digas nada. Yo hablaré».
En la puerta, Bernarda se hizo la víctima. La policía intentó seguir el protocolo. Alejandro luchó durante 24 horas para conseguir una prueba de ADN de emergencia.
Entonces, en una jugada inesperada, le dijo a Elena con voz firme:
«Nos casamos. Hoy».
Elena entró en pánico —por estatus, reputación, escándalo— hasta que Alejandro dijo: «¿Crees que me importa lo que piensen los desconocidos mientras mis hijos están en peligro?».
Ella accedió, con una condición:
«No me conviertas en un escudo de papel. Prométeme que no me desecharás después de la tormenta».
Alejandro respondió sin dudar:
«Tienes mi palabra».
EL ADN LO CONFIRMA Y ALEJANDRO ELIGE LA PAZ
La prueba apresurada lo confirmó: 99.9%: los niños eran sus hijos.
Su abogado también descubrió evidencia de que Bernarda había pagado para falsificar las muertes y trasladar a los bebés.