Un multimillonario llegó a casa a la hora del almuerzo tres horas antes de lo habitual. Las llaves se le resbalaron de la mano a Alejandro de la Vega y cayeron ruidosamente sobre el suelo de mármol; sin embargo, dentro de la mansión, nadie reaccionó. Se quedó parado en el umbral del comedor, helado, con la sangre corriendo fría y caliente a la vez.
Cinco años después del funeral de su esposa Lucía, la mesa de caoba importada había permanecido intacta, hasta ahora.
CUATRO NIÑOS PEQUEÑOS EN SU MESA PROHIBIDA
Elena, la joven criada con un impecable uniforme azul y blanco, no estaba puliendo plata ni quitando el polvo. Estaba sentada a la mesa, alimentando tranquilamente a cuatro niños idénticos, de unos cuatro años, con ropa remendada e improvisada.
Sus ojos seguían su cuchara como si fuera lo más preciado del mundo. La comida no era lujosa, solo un simple arroz amarillo, pero los niños la miraban como si fuera oro.
Elena murmuró suavemente: «Abrid bien, pajaritos». Luego, con suavidad: «Coman despacio. Hoy hay para todos».
Llevaba guantes de limpieza amarillo brillante —manos hechas para fregar pisos—, pero los usaba con una ternura tan maternal que a Alejandro se le hizo un nudo en la garganta.
LA SORPRESA DEL RECONOCIMIENTO
Alejandro debería haber entrado furioso, exigido respuestas, echado a todos.
En cambio, no pudo moverse.
Los perfiles de los chicos —uno girándose para reír, con la luz de la lámpara iluminándole el rostro— impactaron a Alejandro como un espejo deformado por el tiempo. La nariz. La sonrisa. La expresión. La familiaridad era aterradora.
La mansión era una fortaleza. Nadie entraba sin permiso. Sin embargo, allí estaban cuatro niños comiendo en su mesa como reyes ocultos: vivos, reales, riendo suavemente en una casa que había permanecido en silencio durante años.
ELENA LO VE PRIMERO
El leve crujido de los zapatos italianos de Alejandro no fue nada... pero Elena reaccionó como un trueno. Se giró, palideciendo.
Los chicos percibieron su miedo al instante y miraron hacia la puerta al unísono.
Alejandro no podía respirar. De cerca, el parecido no era "similar".
Era idéntico.
"¿QUIÉNES SON ESTOS NIÑOS?"
Elena se levantó de un salto, colocándose instintivamente frente a los chicos con los brazos abiertos, protectora, feroz.
Alejandro avanzó, la rabia reemplazando a la sorpresa. Su voz estremeció la habitación:
"¿Qué significa esto, Elena?"
Los chicos se apiñaron detrás de ella, temblando. La voz de Elena también tembló, pero se mantuvo firme:
"No son desconocidos, señor".
Alejandro preguntó: "¿De quién son hijos? ¿Son suyos?".
Elena intentó una mentira débil: "Mis sobrinos".
La mirada de Alejandro se posó en las camisas de los chicos. Una tenía un estampado que Alejandro reconoció de la ropa que había tirado.
Preguntó con frialdad: "¿Por qué llevan mi ropa vieja?"