Lo que aprendí ese día fue una lección de humildad. Pensamos en nuestros hogares como espacios seguros y controlados. Pero la verdad es que la naturaleza siempre está presionando los límites, siempre lista para colarse y reclamar rincones olvidados. Es fácil olvidarlo hasta que te encuentras con el corazón de un nido viviente que ha estado prosperando en tu garaje.
Ahora, cuando paso por ese espacio, no solo siento miedo. Siento un extraño respeto por todo lo que la vida puede esconder a simple vista, por todo lo que pasamos por alto en nuestras rutinas diarias y por el recordatorio de que incluso en los lugares más cotidianos, el extraordinario —y a veces aterrador— mundo de la naturaleza siempre está más cerca de lo que creemos.