Esa mañana solo fui al garaje a buscar una vieja caja de herramientas. Normalmente, ese era el territorio de mi marido. Él mantenía el lugar organizado, o al menos sabía dónde estaba cada cosa. Yo, en cambio, rara vez entraba allí. El garaje siempre me había parecido oscuro y descuidado, con su bombilla tenue que parpadeaba como si pidiera ser reemplazada.
Continúa en la página siguiente