“Le acaba de pedir a mi cuñada que borre un hilo de correos”, dijo con voz temblorosa.
“No lo dejes”, dije. “Captura todo. Envíatelo a ti mismo. A mí”.
Lo hizo. Mi teléfono vibró con imágenes de transferencias, marcas de tiempo, nombres de empresas que aún no me decían nada, pero que pronto lo significarían todo.
Entonces entró otra voz, firme y profesional. “¿Elena?”. Era María, una amiga suya que trabajaba como abogada. “¿Está todo bien?”.
Elena exhaló. “María, quédate, por favor”.
El tono de Adrián cambió al darse cuenta de quién era. “Es un asunto familiar”, dijo.
María respondió con serenidad. “Los asuntos familiares se convierten en asuntos legales cuando el dinero se mueve con falsas excusas”.
Por primera vez, Adrián parecía irritado. “Exageras”.
María no discutió. “Muéstranos la escritura”, dijo.
La habitación se quedó en silencio.
Parte 3: Lo que reveló el papeleo
Fueron a la oficina de Adrián. Me quedé al teléfono, escuchando cómo se abrían los cajones y se deslizaban los papeles. Elena leyó en voz alta lo que vio.
“La propiedad no está a mi nombre”, dijo lentamente.
Adrián respondió demasiado rápido. “Es un holding. Como dije”.
María hizo una pregunta. “¿De quién es la empresa?”.
Silencio.
“Elena”, dijo María con suavidad, “lee a los directores”.
La voz de Elena se quebró. “Adrián… y Clara Vega”.
No sabía el nombre, pero Elena sí. “Esa es la mujer que dijiste que era ‘solo negocios’”, dijo, con las palabras entrecortadas.
María tomó el control. “Captura la escritura. Ahora la transferencia bancaria. Ahora el registro mercantil”.
Adrián intentó recuperar el terreno. “No lo entiendes. Esto te sigue beneficiando”.
“Te beneficia si no puedo controlarlo”, respondió Elena, ahora más firme.
Cuando Adrián advirtió que involucrar a las autoridades “dañaría reputaciones”, María respondió por todos nosotros: “Las amenazas no ayudan”.
La verdad se asentó silenciosamente. El condominio existía. La mentira era su propósito.