Siguió una pausa. No una discusión. Solo una pausa lo suficientemente larga como para parecer un cálculo.
"Qué raro", dijo Adrian. "Porque los documentos sugieren lo contrario".
A sus espaldas, la voz de Elena se tensó. "Adrian, ¿qué documentos?"
No le respondió. "Peter", dijo, "hablamos de esto más tarde".
Elena se quedó sin aliento. "No", dijo. "Habla ahora".
Adrian bajó la voz. "Dame el teléfono".
No lo hizo.
Y en ese momento, la habitación cambió. La música se apagó. Las conversaciones se ralentizaron. Algo privado estaba a punto de hacerse visible.
Parte 2: La historia que él le contó
Elena se quedó al teléfono y se alejó de la multitud. Podía oír sus pasos, luego una puerta que se cerraba. "Estoy en la despensa", susurró. "Cree que estoy abrumada".
Me senté. "¿Estás a salvo?" “Sí”, dijo, aunque la palabra sonaba ensayada.
Se lo explicó rápidamente. Adrian le había dicho que me había regalado una casa. Dijo que era más sencillo gestionarlo todo él mismo. Le mostró fotos y habló de estructuras fiduciarias y eficiencia fiscal. Lo hizo parecer responsable. Protector.
“Dijo que no quería que te preocuparas por el papeleo”, dijo Elena. “Dijo que merecías paz”.
Sentí una opresión en el pecho. “¿Lo pagaste?”, pregunté.
Una larga pausa. “Transferí dinero”, admitió. “No directamente. Dijo que tenía que pasarlo a través de una empresa”.
“¿Cuánto?”
“Novecientos mil”.
Cerré los ojos. “Elena”.
“Lo sé”, susurró. “Lo sé”.
La puerta de la despensa vibró. La voz de Adrian sonó cerca, tranquila pero insistente. “Elena, abre la puerta. Estás molestando a la gente”.
No se movió.