La sala quedó en silencio.
Daniel rió abiertamente y añadió:
"Parece algo que necesitarás en casa".
Algunos invitados rieron entre dientes con torpeza. Otros se removieron en sus asientos. Pero la expresión de mi hija decía la verdad: sus ojos brillaban, sus manos temblaban al aferrarse a la tela. Se me encogió el estómago. No era humor. Era una declaración. Una declaración pública del papel que creían que debía desempeñar.
Me puse de pie lentamente. Sentí que me miraban, pero mantuve la voz serena.
"Bueno", dije con calma, "quizás ahora sea un buen momento para que Laura abra mi regalo".
Metí la mano debajo de la silla y levanté la caja que había traído. Era de tamaño modesto, pero su contenido era todo menos pequeño. Me acerqué a mi hija, le toqué suavemente el hombro y le puse la caja delante.
"Adelante, cariño".
Dudó un momento y luego la abrió. El aire en la sala pareció congelarse. Daniel y Patricia me miraron con incredulidad.
Dentro no había insultos ni símbolos de obediencia. Había documentos oficiales, inconfundibles. Papeles que había preparado discretamente meses antes, sin decir ni una palabra a nadie. Eran las escrituras del apartamento donde Laura y Daniel planeaban vivir; un apartamento que había comprado años atrás para asegurar la independencia de mi hija.
Y había más.
Encima de los documentos había una tarjeta dorada. Laura la leyó en voz alta, con voz temblorosa:
"Para mi hija, para que nunca olvides que un hogar se construye entre dos, nunca a costa de una sola".
El rostro de Patricia palideció. Daniel se esforzó por hablar.
"¿De dónde salió esto...?", preguntó finalmente.
"De mí", respondí, sorprendida por mi propia compostura. "Y pertenece enteramente a Laura. A nadie más".
Quería que quedara claro: el apartamento estaba solo a nombre de mi hija. Ni su marido ni su madre tenían derecho a ello. En un mundo donde algunos aún se aferran a expectativas anticuadas, necesitaba dejar algo claro: Laura se casaba como una igual, no como una sirvienta.
Se oyeron susurros por la sala. Algunas mujeres asintieron en silencio, algunas incluso aplaudieron. Otras miraron con inquietud a Patricia, quien mantuvo su sonrisa rígida mientras se desmoronaba visiblemente.
"No entiendo por qué harías esto aquí", dijo Daniel irritado, intentando recuperar el control. "Estás arruinando el momento".
"¿Arruinándolo?", respondí con calma. "Simplemente estoy respondiendo a lo que tu madre empezó".
SOLO CON FINES ILUSTRATIVOS.
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